Aplausos en el Polideportivo

El ajetreo del fin de semana se ha infiltrado en los maleteros de las furgonetas que hasta hace un par de horas reposaban en la Plaza de la Closa de Esterri d’Àneu. Y se ha esfumado. Hacia Oviedo, Granada, Donostia. Hacia Madrid o Barcelona. O hacia cualquier localidad de las montañas de aquí y de allá. Vuelve la calma en el pueblecito del Pallars Sobirà. La mujer que pasea su perro, el niño que se columpia o el joven que fuma un cigarrillo en uno de los bancos que rodean el parque infantil. No hace frío, no lo ha hecho en todo el día, pero ya empieza a dar señales de vida arrastrado por la noche que se aproxima. Son las seis de la tarde de un domingo largo, larguísimo, que llega a su fin. Y por eso, aplausos en el Polideportivo.
El mismo polideportivo que hace un par de horas, entre murmullos y risas de sobremesa, olía a sopa y butifarra. El mismo polideportivo que el día antes había congregado a más de 250 esquiadores de montaña sentados en más de 250 sillas. El mismo. Vacío de mesas y sillas, los aplausos resuenan. Mejor. En las gradas de cemento, los que aplauden son ellos pero así también se sienten aplaudidos. Ojos agotados, olores sudados y caras enrojecidas por un sol que ha decidido dar por inaugurada la primavera un día antes. Son los sesenta y ocho de La Organización, que aplauden. Que merecidamente aplauden y se sienten aplaudidos. La 53ª Cursa Bassiero de la UEC de Barcelona ha sido un éxito. Son las seis de la tarde de un domingo largo, larguísimo, que será difícil de olvidar.
Doce horas antes la zona de Telesillas de La Peülla se vestía de gala mientras las Valls d’Àneu se despertaban llenas de banderillas rojas y verdes clavadas en una nieve que se resistía a ser fundida por unas temperaturas impropias de los amaneceres de alta montaña. Que se resistía a ser fundida antes de empezar la Cursa Bassiero. Éste año, el Campeonato de España de Esquí de Montaña por equipos. Todo tenía que salir bien. 
Dos recorridos alpinos: Mil metros de desnivel rompe-piernas uno, dos mil metros de desnivel rompe-todo el otro: Vall de Ruda, Vall de Gerber, Picos del Bassiero, y mucho más. Controles a puesto. Arcos de salida hinchados. Música, on. Línea de salida pintada. Y muchos, muchos participantes. Muchísimos. 266.
Tantos, que cuando a las nueve se dio el bocinazo de salida parecía como si el esquí de montaña fuera el deporte más popular del planeta. Como si fuera futbol y la Cursa Bassiero una pachanguilla de domingo por la mañana. Tantos, que cuando se dio el bocinazo de salida a más de uno, de dos y de tres se les puso la piel de gallina y se les escapó alguna lagrimilla. No por culpa del frío, no, porque de frío no hacía. Sino porque todo salió bien. Perfectamente bien.
Los hermanísimos Cardona fueron los primeros en categoría masculina absoluta. 2 horas y 25 minutos. Mireia Miró y Marta Garcia las primeras en la femenina. 2 horas y 55 minutos. Como si la Cursa Bassiero fuera una pachanguilla de domingo por la mañana. Y nos dieron las doce, la una, las dos. Y seguían llegando primeros y segundos y terceros. Y La Peülla se iba llenando de gente, de sol y de chocolate caliente —que si hubiera sido helado de chocolate tampoco no habría pasado nada—. Y llegaban sonrisas, abrazos y más lágrimas de emoción. E incluso algún mareo. Y ya cuando casi todo estaba desmontado y de aquella gala de las seis de la mañana solo quedaba la corbata atada en la cabeza, la americana desabrochada y los tacones en la mano, llegaban los últimos, los ultimísimos, radiantes como el sol de mediodía y felicitándose por ser los campeones de su propio campeonato, el que se premia con los buenos recuerdos y no con medallas.  Todo salió bien. Perfecta y jodidamente bien.
Y por eso, aplausos en el Polideportivo. Son los sesenta y ocho de La Organización, los de la UEC de Barcelona. Los de la Bassiero. Que merecidamente aplauden i se sienten aplaudidos a las seis de la tarde de un domingo largo, larguísimo, que nunca se olvidará.